domingo, 12 de agosto de 2012

EL DELITO DE TOMAR LA VIDA EN SERIO


El estudiante y la revolución[1]

José Leonel Rugama Rugama 
(Estelí 21 de marzo de 1949 - Managua 15 de julio de 1959)

La revolución
El concepto amplio de revolución implica el cambio a normas pre-establecidas; dichas normas involucran bien a un individuo, a un grupo o a un conjunto de grupos.
Se puede considerar que toda revolución es función de la evolución humana, ya que ésta lleva impresa una velocidad pasmante[2] y el recipiente que contiene al hombre se torna obstáculo para su propia evolución; debe romperlo, igual que a los forjadores de su límite.
La trayectoria desde el engrandamiento de la idea hasta la activación del cambio (permutación)[3] es lo que se considera revolución.
Si hay normas que obstruyen o mutilan el íntegro o parcial desarrollo humano, se debe activar la revolución para lograr la integridad humana en la mayor parte de sus fases.
Esta revolución comprende (y compromete) a todos los afectados por las normas anteriores; se presenta, exactamente, como un deber de defensa. Al no activar la revolución contra las normas aplastantes, y estuvo en capacidad de destruir las normas.
La revolución también compromete a los visionarios[4] que no son directamente afectados por la dureza de las normas, pero si conocen esa realidad, tienen el deber de activar la revolución, pues los oprimidos fácilmente mueren ignorando la realidad de su muerte. La culpa cae entonces en los visionarios, convirtiéndose en criminales.
En todos los tiempos la activación de la revolución se ha llevado a cabo de dos formas:
a)    Revoluciones pacíficas, es decir, aquellas que persiguen un cambio sin esfuerzo físico y con un super-esfuerzo intelectual. Se yergue como clásica la revolución de Ghandi en la India. También el cristianismo logró su establecimiento a base de una revolución pacífica.

b)    Revoluciones violentas: son el producto de un estado máximo de opresión. Una revolución violenta viene a ser el único camino que le queda al hombre. Si con el triunfo de ésta no se logra totalmente la propia integración, por lo menos se hereda a los descendientes la integración y la dignidad humana.

En la revolución violenta sobresale el poder de la fuerza física, pero es absolutamente necesario que esté controlado por el intelecto de manera directa. La revolución triunfa si no se combina la fuerza bruta y el trabajo intelectual.

Campos de la revolución
Los campos en los que la revolución se desenvuelve ofrecen cantidad y diversidad.
El campo más reducido de una revolución es el campo subjetivo; pero no por el hecho de ser reducido plantea menores dificultades: hay luchas sangrientas en pro del triunfo de una revolución interior.
Luego se presenta la revolución en el matrimonio, el hogar, la colonia o barrio, el departamento o ciudad, el continente y el universo.
Todas estas revoluciones conforman una sola revolución. No obstante, puede llamarse revolución prima a la librada en el propio interior.
Generalmente se asciende de grado en la revolución, cuando logra un triunfo eficaz en cada uno de los momentos. El logro de la revolución personal hace alcanzar al individuo una visión racional de los acontecimientos. Estos, naturalmente, suelen presentarse favorables o desfavorables. Todos los campos están llenos de sacrificios y escollos; y sólo es posible avanzar endureciendo la voluntad, fuerza santificante del revolucionario. La rudeza de la lucha sólo se logra saborear revolucionando el grado más bajo.
Etapas de la revolución
Toda revolución atraviesa dos etapas fundamentales, que revisten una dureza relativa al caso que trata de revolución. Cuanto mayor sea el cambio planteado por la revolución, mayor será el rigor de sus etapas. En su expresión más elemental, considero que son dos las etapas marcadísimas por las que toda revolución debe pasar: a) Destrucción; y b) Construcción.
a)    Destrucción. Cuando se persigue un cambio, es preciso limpiar el sitio donde deseo hacerlo. A esta limpieza se le denomina destrucción. Entre mayor es el cambio, más terreno habrá que limpiar para poner el permutante. Pero por pequeño que sea el cambio la etapa destructiva tiene siempre un matiz de dolor.

b)    Construcción. Una vez finalizada la primera etapa, el terreno está listo para poner el permutante. En la etapa de construcción hay que prever y doblegar a dos fuerzas que tratan de obstaculizar los avances de la revolución. La primera está constituida por los constructores de lo ya destruido, personas inconformes que únicamente satisfacían sus necesidades y lujos personales. La segunda fuerza la componen los oportunistas quienes, al ver el terreno listo, tratan de usurparlo para lograr su propio bienestar.

La trascendencia de esta etapa se hace más evidente con una simple afirmación: construir requiere mayor intuición y habilidad que destruir.
Clases de revolución
Las revoluciones se presentan de dos clases. La primera clase es aquella que se presenta cuando los cambios son absolutamente necesarios e inevitables, y que se propone sustituir normas humanas por reglas humano-integrales. Esta revolución la activan individuos honestos que no quieren suicidarse con las normas conocidas. En esta revolución también forman parte activa de los llamados visionarios, personas que se niegan a manchar sus manos con sangre indeleble de los oprimidos.
La segunda clase de revolución se presenta cuando los cambios son innecesarios y contraproducentes. Se propone cambiar normas necesarias por reglas bestiales-destructivas. Esta revolución es activada por opresores que persiguen su reducido y transitorio bienestar. Generalmente es efectuada por mercenarios y criminales a sueldo.
Tesoneros de la revolución
Las revoluciones han tenido, tienen y tendrán sus tesoneros. En las revoluciones justas, son hombres de una elevada mística revolucionaria y de un espíritu de sacrificio acorde con una fuerte voluntad. En mi concepto, un revolucionario de tal naturaleza es un santo militante en pro de la humanidad.
“Este tipo de lucha nos da la oportunidad de convertirnos en revolucionarios, el escalón más alto de la especie humana; pero también nos permite graduarnos de hombres”. ERNESTO GUEVARA.
“Como si la lucha no es el más alto de los cantos y la muerte el más grande”. FERNANDO GORDILLO.
Careamiento con la revolución
Cuando se padece una situación y se objetan sus formas de resolución, es deber del individuo atender y analizar las maneras adecuadas de solucionar el problema.
Ya he recalcado anteriormente que los primeros que logran comprender el problema no son las propias víctimas de la situación, sino los visionarios que se encuentran exentos de determinadas pasiones.
Quiero hacer hincapié en algo: al sufrir un grupo de individuos una intolerable situación de violencia, todos nos encontramos en el deber de enfrentarnos a la realidad. Unos para sustentarla y otros por honestidad y vergüenza humana.
El individuo no debe quedarse en el análisis infructuoso de la situación; el análisis debe servirle para llegar a una situación teórica del problema y, luego, debe llevarle a la activación de la teoría. Llegamos al conocimiento pleno de la urgencia del salto revolucionario, debe tenerse la hombría de encararse con él. Este paso hace flaquear a una gama de conformistas seudorevolucionarios. Muchos se ven turbados. Y los únicos que superan este estado son los individuos honestos, que pasan a ser auténticos revolucionarios. Los demagogos que se quieren hacer pasar por tales, con el tiempo descubren su gran vacío de conciencia.
También es notorio que la comprensión de la realidad revolucionaria llega primero a un reducido grupo, y que paulatinamente dicha realidad penetra en todos los campos.
Al llegar al grado máximo de careamiento con la realidad revolucionaria, incluso quienes la han asumido pasan por etapas de profundas confusiones y dudas, dificultades que no pueden ser superadas sino con la fuerza de la convicción.
Después del careamiento con la realidad revolucionaria, muchos aún no se orientan hacia ella. Están amarrados a lazos afectivos y familiares. No comprenden que el compromiso es la columna fundamental de una generación determinada. Si la revolución clama por el abandono de los propios efectos y lazos, el revolucionario debe abandonarlos en aras de una causa justa.
Hay otra gama de individuos: los que habiéndose careado con la realidad revolucionaria, son incapaces de activarla. No hay método más bochornoso ni mentira más premeditada.
“Trabajan los cojos, los mancos/ no habían ociosos ni desocupados”. “Los ciegos empleados en desgranar maíz/los niños en cazar pájaros”. ERNESTO CARDENAL.
Obligación del individuo con la revolución
La necesidad de la revolución nace de situaciones precarias. Si el individuo se ha careado con la realidad revolucionaria, se encuentra en la obligación de activarla.
El individuo es social en primer plano y, antes que todo social. Por eso debemos tener presente el caso de la América Latina como un bloque, un conjunto. Nosotros, los miembros de esta generación, tenemos una sola meta, una sola columna que hacer girar. Tenemos también la sangre que ilumina nuestros pasos; la de nuestro hermano mayor SAN ERNESTO CHE GUEVARA. Somos la generación comprometida con la situación.
Se nos presentarán obstáculos queriendo detener nuestra marcha.
En primer término, ese afán mediocre de querer VIVIR OTRO MOMENTO SOLO POR VIVIR, SIN DARNOS CUENTA DE QUE SI NO ORIENTAMOS NUESTROS ACTOS A LA LIBERACIÓN DEL PUEBLO, LO QUE HACEMOS ES CONDENAR MÁS AL PUEBLO QUE ES INOCENTE.
El mismo temor de entregarnos a la vida sacrificada y de auténtica mística revolucionaria, es lo que nos hace caer en el más fatal conformismo. O nos hace esperar que la situación se solucionará de un momento a otro sin poner de nuestra parte; o bien, esperar que otros la solucionen.
Aún no logramos comprender que la entrega total de nuestra vida orientada a la liberación del pueblo representa nuestra MUERTE, pero con ella estamos dando VIDA. El deber del revolucionario es hacer la revolución, sin saborear la idea de ver el triunfo.
“La revolución para nuestra generación debe se la comunión para sublimarnos en la especie”.
Un futuro revolucionario.  Nuestra misión es inconmensurablemente humana, y es por eso que supera cualquier otra misión.
Obligación del estudiante con la revolución
Me refiero en este apartado a los estudiantes que han superado la etapa intermedia educacional, es decir, a los UNIVERSITARIOS. Considero que en su mayoría se encuentran en maduración, próxima a su estabilización parcial. Desde el momento de pisar la universidad, adquieren un compromiso social muy amplio. Quiero hacer un análisis de este grupo privilegiado dentro de la sociedad.
El estudiante, a pesar de su visión teórica de la situación, posee un conocimiento restringido de la misma. Por lo tanto, el estudiante debe convivir un tiempo con la clase oprimida y conocer así sus problemas. Después de cumplir esta tarea, hay que preguntarse cuáles son las causas de la explotación, y cuáles son los remedios. La revolución pacífica no soluciona nada, ya que el pacifismo requiere un alto grado de cultura que nuestro pueblo no posee. Las víctimas poco pueden hacer en un país donde escasamente conocen la ignorancia. Sobre estas consideraciones sacadas por el individuo-estudiante, éste debe llegar a una solución honesta. “Somos culpables profundamente de cada muerto de hambre, somos culpables de todos los males y de cada uno en particular”. Y el universo hará justicia sobre nosotros mientras aullamos como perros angustiados. Mientras poseamos al alcance de la mano la solución del problema y no las activemos, somos más devastadores que el tifus y que todas las pestes sumadas.
El estudiante tiene la obligación de despertar a la masa oprimida y mostrarle el sendero de su propia redención. Si no cumplo exactamente como está indicado soy homicida, soy el único homicida, porque el hecho de que seamos varios conocedores del problema no va a justificar mi falta. “Soy el único homicida de la masa”.
De lo anterior se desprende que el estudiante debe de adherirse a una organización netamente revolucionaria. Una vez adherido, debe estar alerta a ejecutar las tareas que se le indiquen. Es sumamente importante para el revolucionario-estudiante la lectura de obras que señalen los métodos que otros pueblos han empleado para su liberación, y de este modo ir creando un método propio.
Habrá momentos en que la organización exigirá al estudiante el abandono de sus estudios y la dedicación completa a tareas revolucionarias. En el momento de ese llamado es cuando el estudiante comienza a medirse con el termómetro del auténtico revolucionario.
Si en la labor que realizamos dentro de la masa para su propia liberación se necesita nuestra vida, sembrémosla sin esperar que sea mencionada en la historia de las generaciones. Pero estemos seguros de que nuestros huesos son la columna de esa historia.

Estelí, Nicaragua, 1968.


[1] Leonel Rugama Rugama (1949 – 1970). La tierra es un satélite de la luna. Managua. Editorial Nueva Nicaragua. 3ª. ed. Colección Letras de Nicaragua Nº. 6.
[2] Pasmar. tr. Enfriar mucho o bruscamente. U. t. c. prnl. || 2. Helar las plantas en tanto grado, que se quedan secas y abrasadas. U. t. c. prnl. || 3. Ocasionar o causar suspensión o pérdida de los sentidos y del movimiento. U. m. c. prnl. || 4. Asombrar con extremo. Fuente: DRAE 2009.
[3] Permutar. tr. Cambiar algo por otra cosa, sin que en el cambio entre dinero a no ser el necesario para igualar el valor de las cosas cambiadas y transfiriéndose los contratantes recíprocamente el dominio de ellas. || 2. Variar la disposición u orden en que estaban dos o más cosas. Fuente DRAE 2009.
[4][4] Visionario, ria. adj. Dicho de una persona: Que se adelanta a su tiempo o tiene visión de futuro. Apl. a pers., u. t. c. s. Fuente: DRAE 2009.

viernes, 3 de agosto de 2012

DOCTRINA DE LIBERACIÓN NACIONAL, SOCIAL Y ECONÓMICA DE AMÉRICA LATINA

                          CAMINANDO



Rubén Blades de Panamá




Caminando, se aprende en la vida.


Caminando, se sabe lo que es.


Caminando, se cura la herida,


caminando, que dejó el ayer.


En Puerto Rico, en Panamá, en Colombia o en New York,


el que no vive, no prueba el sabor que da el amor.


Caminando, di mil tropezones


caminando, y nunca paré,


caminando, entre risa y dolores,


caminando pa'lante y con fe.


Con el tiempo, comprendí


que la vida da pa'to,


que nada borra el recuerdo de lo que uno caminó.


Caminando, mirando a una estrella.


Caminando, oyendo una voz.


Caminando, siguiendo la huella,


que otro caminó.


Caminando, buscando la vida.


Caminando, buscando el amor.


Caminando, curando la herida,


caminando, ¡que deja el dolor!













Caminando. Rubén Blades (Video Original)



POESÍA PATRIA


RÍO ARRIBA

Maldita guerra civil,
guerra de sangre y malaria:
las balas y los zancudos,
los zancudos y las balas.


          Adolfo Calero Orozco (Managua 1899 – 1980)

Íbamos por San Juanillo
y era bello el panorama,
pero todos los soldados
tristes o enfermos estaban:
el uno ardía de fiebre
el otro tiritaba,
y con la fiebre o el frío
sus dientes castañeteaban.

La lancha pesadamente,
pesadamente avanzaba,
río arriba… río arriba
jadeando cada pulgada.
De San Juan del Norte un lunes
salimos antes del alba,
pero a este paso en el río
pasaremos la semana.

Tirados por popa y proa
los enfermos suspiraban;
atisbaban la distancia.
Ay, lo que todos ansiábamos
es llegar a nuestras casas,
y en vez de esta lancha infame
quisiéramos tener alas,
Volar lejos del pantano,
del tablazo y de la barra,
olvidarnos del raudal,
del río y de la bocana.

No faltaban quienes comentaban
que la guerra está ganada;
ésos son los que no saben
que el soldado nunca gana.

Yo conocí a Juan García
cuando salió de su casa:
éramos managuas ambos
y ambos de la misma causa.
Juan García siempre anduvo
de buen genio y buena traza,
les caía bien a los hombres
y a las mujeres en gracia.
Cuando el tren que nos traía
se despidió de Managua
le dio un beso en la estación
una muchacha muy guapa;
una muchacha morena,
de cara fina, ovalada,
labios de confite rojo
y frente graciosa y amplia.
En el camino García
a todos nos alegraba
con sus cuentos y sus dichos,
su buen genio y su guitarra;
después cuando en el Victoria
zarpáramos de Granada,
su guitarra y sus tonadas.
Y viniendo río abajo
fue más breve la jornada
gracias a que Juan García
siempre nos acompañaba.

En el vivac cuántas veces
después que el sol se ocultaba
como que en viniendo la luna
se afinaba su garganta;
y todos, a su redor,
quien más oiga y más aplauda:
---Juan García, compañero,
¡usted tiene la palabra!

Casi siempre sus canciones
mis recuerdos despertaban
con las cosas que decían
sobre la mujer amada.
Era claro que en el fondo
él todas las dedicaba
a la niña de aquel día,
aquella muchacha guapa
que cuando el tren hizo viaje
en la estación lo besara,
porque hablaba de su barrio,
del camino de Tiscapa,
de las brisas de la sierra,
de las lunas de la playa,
también del amor en Managua
lo dulce de aquellas notas
me llenaban de nostalgia.

Otra noche, bien me acuerdo,
cuando Juan con su guitarra
cantó un canto maternal
que mejor no lo cantara:
que a todos nos dejó muy tristes,
nadie pidió más tonadas
y a más de a un pobre soldado
se le rodaron las lágrimas
al traernos a la memoria
a la viejita adorada
que tal vez en ese instante
a Dios nos encomendaba,
allá en la casita humilde,
ante un Cristo arrodillada,
en sus manos el rosario
y la tristeza en el alma.

Maldita guerra civil,
guerra de sangre y malaria:
las balas y los zancudos,
los zancudos y las balas.

¡Qué presente que lo tengo
el día de la batalla,
a Juan García el soldado,
el amigo, el camarada!

A los primeros disparos
se disparó de la hamaca:
estaba medio dormido,
pero alerta siempre estaba.
Alzó su rifle del suelo,
voló a un lado su chamarra
y cogió por la vereda
de la trinchera cercana.
Y lo seguía de cerca,
su coraje me alentaba,
y pude ver lo sereno
que era el hombre en la batalla.
Como quien ríe de todo
porque no le importa nada,
con la sonrisa en los labios
oía silbar las balas.
Debió ser su ojo certero
según vi cómo apuntaba,
con sólo verle su modo
se le notaba la calma.

Cuando el clarín dijo asalta,
Juan García a la vanguardia
se fue sobre el enemigo
como un tigre de Cosmapa.
Había que ver al hombre.
Eso si que era arrogancia:
codo a codo con la muerte
¡y qué poco le importaba!

El fue quien ganó la guerra
ganando aquella batalla,
y persiguiendo al contrario
con bayoneta calada.

Cuando supo el general
de aquella acción tan gallarda
confesó que Juan García
era muchacho de garra.

De todas aquellas cosas
hace ya cinco semanas;
ahora vamos de regreso
camino de nuestras casas.
Ya no hay el vivac con luna
ni enemigo que amenaza,
que con hombres como Juan
ninguna guerra dilata.
Ahora vamos río arriba
en una pesada lancha,
bajo las flechas de un sol
que ni ceja ni descansa
si no es para darle campo
a una lluvia despiadada,
que no logra enfriar la fiebre,
pero moja las chamarras.

Ya las balas nos dejaron
a nuestra gente diezmada
y los malditos zancudos
nos pasaron la malaria.

Olvidada no sé dónde
debió quedar la guitarra;
los rifles no nos importan
no sirven ya para nada.

Y Juan García el soldado,
el cantor, el camarada,
está temblando de fiebre
todo envuelto en su chamarra;
la voz casi ni se le oye,
lleva la muerte en la cara,
su gallardía y su arrojo…
ésas son cosas pasadas.
Nadie piensa ni se acuerda
de la valiente jornada,
cuando Juan con su valor
dio ganada la batalla;
nadie está para memorias
de cosas de hace semanas;
todos están solamente
por volver pronto a sus casas.

Nadie más que Juan García
ni pide ni quiere nada,
ni le importa qué suceda
ni para dónde se vaya;
sus dientes castañetean,
se le amarilla la cara,
se le dilatan los ojos
y lo mata la malaria;
ya los huesos se le cuentan,
tiene crecida la barba
y cuando logra un respiro
sólo pide un poco de agua.

Ya lleva catorce días
que la fiebre lo maltrata
y apenas si se ha quejado
de su suerte tan nefasta.

Es la malaria costeña
que contaban en Managua,
que cuando a uno se le mete
lo deja hasta que lo mata.

Al principio me decía:
“Quisiera ver a mi mama”;
pero unos días después
ya ni a su madre mentaba.

Mientras tanto, río arriba,
jadeando cada pulgada,
la lancha nos vuelve locos
con lo lento de su marcha.

Alas quisiera tener
para volar a Managua,
o si no, que pasara algo,
aunque fuera otra batalla,
porque esta lancha, este río
y estos enfermos nos matan,
y estos días largos, largos…
y estas noches que no acaban…

Por fin, cuando casi todos
los hombres desesperaban,
divisamos El Castillo
con la luz de la mañana.

---Juan García, hay que ser hombre,
ya estamos cerca de la casa,
¡que del Castillo a San Carlos
Es cuestión de una jornada!
---Juan García sacudite,
¡dos días más y a Managua!
---¡¿No me oís lo que te digo?!
---Juan García, ¿qué te pasa?

Pero ya mi compañero
mis razones no escuchaba:
tenía turbios los ojos
y rígida la quijada.

    §

---Dame una suerte más perra
para un hombre de su talla
que las balas lo respeten
y lo mate la malaria;
dar el último suspiro
sin que lo moje una lágrima,
para quien tiene su madre
y una mujer que lo aguarda.
Decime si no es destino
para morirte de rabia:
ser soldado, ser valiente
tener la guerra ganada
y morirte de regreso
a tres días de Managua…
y que te hundan en el suampo
envuelto en una chamarra,
sin que doble una campana,
sin un ramito de flores,
ni un adiós… ni una plegaria…


 §

Maldita guerra civil
que asolaste a Nicaragua
episodio vergonzoso
de sangre, dolor y lagrimas.
¡Cómo te maldeciría
la madre del camarada!
¡cómo habrá de aborrecerte
la mujer que lo esperaba!
Guerra cruenta, guerra ciega,
de mentirosa proclama,
que enrojecieras el río
antes de diáfanas aguas,
con la sangre tan generosa
---¡sangre mártir, sangre santa!
de hijos de las mismas madres,
hombres de una misma patria.

     §

Azul y blanca bandera,
Bandera de Nicaragua,
Pluguiera a Dios que el destino
nunca más te deparara
esos lances fratricidas
que antaño te avergonzaran,
en que tus hijos se embisten
y se matan… ¡Para nada!